'BIBLIOTECAS PRIVADAS: Instinto de posesión' por María Aixa Sanz

Enfrentarse a querer escribir sobre las bibliotecas privadas es tener que enfrentarse a un brutal instinto de posesión ó dominio que abarca todos los ámbitos: desde un territorio personal para uso y disfrute, a una hacienda de pertenencias intocables por terceros. En todos ellos es donde campa a su aire el amante de los libros, el cual es capaz de todo por éstos.


Se dice que cada biblioteca privada es la autobiografía de su dueño.
Nuestra biblioteca privada se convierte en un espacio que es capaz de contar toda nuestra vida. Nuestro pasado está encerrado en cada uno de los libros que hemos leído y que no, guardados en los estantes de nuestra biblioteca particular. Sabe el amante de los libros que cuando uno se acerca a la biblioteca y coge al azar un libro, rápidamente, visualiza el momento en que lo leyó, hasta incluso recupera las sensaciones y el estado de ánimo que tuvo entonces, en aquella época.
Alguien al observar la biblioteca de otro se puede hacer a la idea de que tipo de persona es, con la que está tratando. Quién; amante de los libros, al entrar en una vivienda no ha buscado libros por algún lugar y al no encontrarlos ha sentido lástima por su dueño. Y quién; amante de los libros, le ha ocurrido que al entrar en una casa y encontrarse con una gran biblioteca le ha despertado ese instinto tan bajo que es la envidia.

Uno crea su propia biblioteca en edad temprana cuando comprende que quiere poseer las lecturas, que necesita estar cerca de sus libros, lo cual le da una tranquilidad enorme. Es en ese instante cuando nace el instinto de posesión extremo y ansioso en que se convierte fundar e ir ampliando una biblioteca propia.

Al final uno es lo que lee.

Leer un libro es establecer una relación con él, tal vez por eso, sea tan difícil cortar la relación, romper el vínculo y no verlo más. Es más sereno saber que lo tenemos al lado y a mano. Para entablar de nuevo y cuando uno quiera una conversación muda con él, en la que intervienen todos los sentidos.
No hay ninguna felicidad mayor para los amantes de los libros que abrir una caja llena de ellos;
("…su cara refleja la misma ilusión de cuando está a punto de abrir una caja de libros que todavía no ha acariciado. La misma ilusión, el mismo entusiasmo, la misma felicidad…".)
acariciarlos, recorrerlos con la vista, observar la ilustración de la portada, contemplar el tipo de letra, leer las primeras líneas de la primera página y colocarlos en la balda adecuada de nuestra biblioteca privada.

Sé sabe de siempre, es conocido por todos los amantes de los libros, que cuando se presta un libro nunca lo volvemos a ver. Nunca se nos es devuelto. Y lo que es peor, es que el título y el color de libro toda la vida lo recordamos con claridad, no desaparece de la mente, así como recordamos a quien lo prestamos, cuando fue la última vez que estuvo en nuestras manos y cuando lo leímos. Por ello todos los amantes de los libros son reacios al préstamo.

Además nuestros libros tienen huellas que no son otras que las que nosotros dejamos: una frase subrayada, una anotación en el margen, una mancha de carmín, una página con la punta doblada…, también somos capaces de añadirles una huella más. Una de notable e intemporal: un ex libris. Con nuestros apellidos, por ejemplo, para que en el año 2.365 todos sepan que una vez nos perteneció.

Otra capricho del amante de libros es querer adquirir todos los formatos en que aparece un título: en cartone, en rústica, en ilustraciones, de bolsillo…, ó querer tener un ejemplar firmado, ó una edición príncipe.
Nuestro tesoro es: nuestra biblioteca y dormimos tranquilos si sabemos que cada libro está en su sitio, en su lugar, en su anaquel. Poseer libros es como poseer infinidad de mundos, infinidad de historias, infinidad de vidas que se volvieron reales en el momento en que fueron leídas por nosotros y forman parte de la nuestra persona.
Sin duda es éste, el único motivo, por el cual atesoramos libros para que no nos sea robada parte de nuestra vida, para que si olvidamos, ellos estén para recordarnos olores, emociones… ¿Quién es capaz conscientemente de desprenderse de parte de su vida? La vida tiene que ser arrebatada en un sólo momento por otro que no sea uno mismo. Nosotros no podemos desprendernos de nuestros libros que son órganos vitales y adicionales a los de nuestro cuerpo.

Ser amante de los libros aboca a tener una biblioteca privada por la que uno vive, siente, padece y es capaz de realizar extrañas cosas, cómo de reconocernos en este mismo texto.

Quien se considere amante de los libros y esté libre de culpa que tire la primera piedra.


© MARIA AIXA SANZ


ex libris:
(voz lat.) m. Etiqueta o sello grabado que se estampa en el reverso de la tapa de los libros, en la cual consta el nombre del dueño o el de la biblioteca a la que el libro en cuestión pertenece: ha encargado un ex libris con su rúbrica. u No varía en pl.


(Ilustración: Dominique Appia)

'LEER EN SILENCIO' por MARÍA AIXA SANZ


"Mujer lee
los textos
sagrados,
pero lee en silencio,
para que de este modo
aunque tus labios hablen
ningún otro oído pueda oír lo que dicen."

En el año 349, San Cirilo de Jerusalén en un sermón.

Recuerdo el asombro o estupor que me causó estando de niña sentada en la escalinata del colegio, ocupada también por los chicos y las chicas mayores, cuando observé que éstos leían sus libros en silencio.
Entonces descubrí que también se podía leer en silencio y no solamente en voz alta, la tradición oral corría por mis venas desde que había nacido debido a los cuentos que me leía mi madre y a las historias que me contaba mi padre.
No dije nada, me quedé en silencio, contemplando la escena donde aquellos muchachos, demasiado mayores, tenían la nariz metida entre las hojas de sus libros y no hablaban, ni leían en voz alta. Comprendí que lo hacían en silencio.
Por unos segundos aquella primera hora de la tarde se paró y el silencio lo inundó todo. Cogí de mi mochila un libro cualquiera y lo abrí por una página cualquiera y me dispuse a imitar al resto. En aquel momento algo ocurrió en mi interior que por arte de magia las palabras resonaron en mi cabeza y en mi cuerpo, veía imágenes y comprendía situaciones, actitudes y escenas, sin yo abrir la boca. Fue en esa tarde cuando aprendí a leer en silencio.
Después, años después, me enteré que el mismo asombro que me había causado el poder leer en silencio, les había ocurrido a muchos personajes de la historia. En el año 383, Agustín, que todavía no era San Agustín, al ir a visitar en Milán a Ambrosio quién más tarde también sería santo, le escandalizó encontrar a éste, reconocido consumado lector, leyendo de tal forma que señalaría en su libro Confesiones de está manera:
‘’Cuando leía -dice Agustín- sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía el mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas. A menudo me hacía yo presente donde él leía, pues el acceso a él no estaba vedado ni era costumbre anunciarle la llegada de los visitantes, de modo que muchas veces, cuando lo visitaba, lo encontraba leyendo en silencio, nunca en voz alta".
‘’Leer en silencio’’ no se tornó la manera natural de leer hasta el siglo X, aunque a lo largo de los siglos hubo algunos casos que han pasado a la historia como peculiares y todavía en la actualidad se recuerdan. En el siglo IV a.C. encontraron a Alejandro Magno leyendo en silencio una carta de su madre, este hecho desconcertó a sus soldados. Julio César una vez en el año 63 a.C., leyó en silencio una carta de amor, delante de su oponente en el Senado. E incluso San Cirilo de Jerusalén en el año 349, en un sermón, rogó a las mujeres que mientras esperaban durante la ceremonia, leyesen en silencio los textos sagrados.
Se desconoce de dónde viene el momento y el lugar en que algo hizo clic en la cabeza de alguien y las palabras sonaron en su cerebro sin abrir la boca. Al igual que se desconoce ésto, se conoce que fue una suerte de premio para la humanidad, pues fue el principio de una nueva era de la lectura, denominada: "Leer en silencio". Es a partir del momento en que uno descubre la lectura en silencio cuando de verdad toma contacto con la intimidad que le ofrece un libro. Es cuando en realidad se adentra en el universo de sueños y libertad que ofrecen sus hojas. Es cuando se emprende una aventura en solitario diferente a si se afrontará la misma historia leída por otra voz en alto, que puede trasladarse a un oyente o a un grupo de oyentes. Tal vez por eso no deja de tener cierto poder la imagen de una persona leyendo agazapada, tumbada, sentada en un rincón, en apariencia apartada del mundo, presa en su guarida voluntaria o instalada en su atalaya de independencia, sosiego y lejanía que le ofrece su libro. Ese poder extraño que le hace sumergirse en la historia que lee y olvidarse del resto de la humanidad, es el mismo poder que siente la persona que mira a ese lector realizando, una actividad peculiar, silenciosa y hermética, que a lo mejor no tiene la suerte de comprender o que por el contrario se ve reflejado como en un espejo.

© MARIA AIXA SANZ
(Ilustración: Pablo Vidor )

'LOS DÍAS DE AYER' por María Aixa Sanz

Ella está sentada en una esquina del salón, la han dejado allí junto a la ventana para que mire al exterior. Está sentada en una esquina del salón, sola, como un mueble obsoleto o un estorbo. ¿Cuándo se rompió su vida? ¿Cuándo se rompió su memoria? Nadie la escucha puesto que para todos sus frases no son coherentes, ella solo habla de los días de ayer. Todavía conserva en su rostro la mirada dulce de la niña que fue, la piel de la cara se mantiene tersa, pura, suave en cambio la piel de sus manos y de sus brazos se han convertido en algo tan frágil como un papiro guardado en la Biblioteca de Alejandría. Dicen que no habla, pero no es cierto, dicen que habla sola o que le habla al aire y no es cierto: ella le habla algún ser de su pasado alojado en su memoria, esa que ha olvidado el presente y se ha refugiado en los días de ayer. Ella está más a gusto, agazapada en la realidad que no partió, en esa realidad que se quedó inmaculada y detenida entre su infancia y su última juventud madura. Ella, habla de como corría por las calles de polvo, de como bebía del agua fresca que discurría por el arroyo del bosque, ella habla de lobos y de príncipes pastores, de almas muertas y de niños con la rodillas destrozadas, de hambre, de leche en polvo, de escasas onzas de chocolate, de lazos en el cabello, de muñecas de cartón, de veranos de trasiego... Dicen que no habla y no es cierto, su memoria ha escogido su tiempo porque tal vez no le gustaba lo que estaban viendo sus ojos o tal vez porque para que siga existiendo el mundo, algunos seres deben dejar de recordar los días de hoy, para dejar espacio a los recuerdos jóvenes. Quizás el Universo sólo tenga un una capacidad limitada de memoria, y sea ley de vida o indispensable que haya gente como ella que olviden, quizás en el Universo se inventaron los libros donde se escriben y se cuentan historias con ese mismo fin: el de dejar memoria libre para que el resto pueda seguir con sus vidas y pensar que el Alzheimer es una enfermedad caprichosa. Pero ella sigue siendo la mujer de siempre: suave, ligera como el algodón, ella no es un estorbo, ella es una mujer a la que a veces se le enciende una luz en su cabecita y reconoce un rostro, recuerda un nombre o formula un pregunta sincera y "coherente". Ella es la misma mujer de siempre, que quizás solo le está haciendo un favor al Universo. ¿Quién sabe?

© MARIA AIXA SANZ
(Ilustración: Carl Holsoe)
Publicado en:
CULTURIZAME.NET
REVISTA ALMIAR
LETRAS DE CHILE
ARIADNA-rc
NARRATIVAS nº 14

'EL PELIGRO DE RELEER' por María Aixa Sanz

El peligro que corremos con las relecturas de las novelas que nos gustaron es que puedes llevarte una decepción, porque lo que tu memoria recuerda, es la novela rodeada del ambiente personal en que la leíste y no la novela en sí. Pero probablemente acercarse a la relectura es a la larga un acierto. Que ya situados en otro ambiente, en otro año, en otra semana conectas con la historia de otra forma y encuentras otros matices de los que quizás ni siquiera te diste cuenta de que existían. Tengo novelas como tesoros guardados en la memoria por la época en que los leí, por el ambiente personal que los encerraba, que las ha hecho mágicas y que me da pavor coger el libro de nuevo y destrozar el recuerdo. Por eso poseo novelas intocables, guardadas en la memoria y en la biblioteca de mi casa como tesoros, sé que no las leeré nunca más, por no destrozar un sueño, un tiempo feliz. Pero existen en mi biblioteca otros libros fuertes, seguros de si mismos, que aguantan batallas, ambientes distintos, diferentes edades, emociones dispares y resisten al borde de ese precipicio en el que puede convertirse una relectura. No sabía que lo que guardábamos en la cabeza es la memoria del momento en que leímos ese libro, esa novela, esos poemas, me hizo percatarme de ello el efecto que producía en mí la practica del verbo releer. Pensé, ¡cuidado!, puedo destrozar tesoros, arrancar nostalgias y borrar paraísos. Y me dedico a releer con sigilo, astucia y vigilancia ya que no quiero borrar de mi memoria ciertos recuerdos, no quiero borrar de mi memoria el sabor que me produjo leer una novela en un preciso momento que se convirtió en precioso. Así que no quiero borrar los sabores de algunas novelas. Pero otros libros como he dicho resisten el paso de los años y de las vivencias y aguantan estoicamente entre mis manos, mis nuevos descubrimientos y sé que ellos saben que yo sé que los dejaré en una balda de la biblioteca, en la dulce espera, para estar disponibles tal vez el año que viene, para volverlos a releer y así un montón de veces más. Libros que soportan el reencuentro. Novelas que aportan más momentos de placer a la memoria. Poemas que no me canso de repetir en mi cabeza como letanías que se agarran a la vida, olvidando el tiempo. Párrafos que puedo leer con los ojos cerrados y que resuenan en mi cabeza con aire de confianza de viejos amigos. Estamos otra vez juntos. No me resisto a ir cruzando las semanas de mi vida sin encontrarme de nuevo con ‘Las flores del mal’ de Baudelaire, ó ‘El Principito’ de Saint-Exupéry, ó ‘La identidad’ de Kundera, ó ‘El libro de las ilusiones’ de Auster, ó ‘Crónica de una muerte anunciada’ de García Marquez, ó ‘La familia de Pascual Duarte’ de Cela, ó ‘Cuerpos sucesivos’ de Vicent, ó ‘El lápiz del carpintero’ de Rivas, ó ‘Dos mujeres en Praga’ de Millás, ó ‘La reina de la nieves’ de Martín Gaite, ó ‘Malena es un nombre de tango’ de Grandes, ó ‘El valle de las gigantas’ de Martín Garzo, ó ‘El amante’ de Duras, ó ‘Cielos de Barro’ de Chacón, ó….
Pero lo mejor de todo es que cada día encuentro otras nuevas novelas que ya sé que el año que viene serán por primera vez releídas, sin miedo de romper nada, con las ganas de las primeras veces y del reencuentro. Lo mejor de todo, al final de todo, se abren más posibilidades con la relectura o la lectura.

© MARIA AIXA SANZ
Este artículo ha sido publicado en más de media docena de medios, entre ellos: en GOTAS DE TINTA

'LA SINCERIDAD DE LAS CARTAS PERSONALES' por María Aixa Sanz

Carta personal: Papel escrito, y ordinariamente cerrado, que una persona envía a otra que conoce para comunicarse con ella. Preferiblemente escritas a mano con tinta azul o negra. Firmadas. Plegadas y guardadas en un sobre sin ventana. No fue hasta el siglo XIX cuando las cartas se guardaron en sobre, antes iban dobladas y lacradas con un sello.
Es agradable leer incansables veces de la carta de San Pablo a los Corintios; a la carta de una desconocida de Stefan Zweing; al volumen de cartas que Helene Hanff escribió a la librería situada en el 84 de Charing Cross Road; a la carta que nunca recibió el coronel de Gabriel García Marquez; a las cartas que el vizconde Valmont le escribe a la marquesa de Merteuil en ‘Las Amistades Peligrosas’; a la carta de Lewis Carroll a la niña Gertrude; a las cartas de la monja portuguesa al Conde Chamilly; a la carta de Lord Byron a Aurora Leigh; a la carta de Dora Carington a Lytton Strachey (después de su muerte); a las cartas de nuestros padres conservadas primorosamente, hasta incluso las cartas que uno es el destinatario y las guarda entre las hojas de los libros.
¿Adónde irán a parar todas aquellas palabras nunca escritas en una carta?

¿Adónde irán a parar las cartas que nunca escribimos?
Si echamos la vista atrás, la memoria trae al presente imágenes de manojos de cartas atadas con una cinta roja de terciopelo; cartas perfumadas; cartas deslizándose con sigilo por debajo de una puerta; cartas de color rosa, regalo de primera comunión; cartas de un primer amor; cartas de amistad.

Las cartas siempre se han esperado con anhelo y su llegada por sorpresa siempre ha sido motivo de excitación.
Porque las cartas poseen un tesoro en común: su sinceridad.
Uno escribe una carta rellenándola de palabras sinceras que cuentan sus sentimientos: alegría, pesar, problemas, ilusiones, amor, desamor. En el tono en que se quiera: formal o informal, enfadado o desenfadado, divertido o triste. Puede rellenar folios enteros de palabras sin sentirse por un momento estúpido. Hablar con alguien por medio de una carta significa que no habrá silencios, ni interrupciones, sino que uno sabe de sobra que por unos minutos el destinatario le prestará toda su curiosidad, y por una extraña magia verá en persona al remitente que tanto conoce. Las palabras les acercaran de nuevo en la distancia.

Si preguntas a la gente casi nadie escribe cartas en el siglo XXI, pero estos mismos se sienten patosos si tienen que hablarle a un buzón de voz. Ya que al revés de las cartas es como si uno no hablase con nadie. Es como un locutor de radio que no tiene ninguna certeza de que alguien le esté escuchando. Y las palabras orales suenan torpes, salen de forma ficticia, y al final nunca se acaba diciendo lo que uno quería decir. Las palabras al aire tiñen de ridículo el ambiente dónde son depositadas. Es claro el ejemplo, en que la ridiculez aumenta en la mayoría de personas, cuando graba y escucha su propia voz en una cinta de un magnetófono, en cambio no ocurre cuando se escribe una carta. Tal vez sea porque las palabras escritas sabemos que serán leídas por alguien aunque no sea ni la persona a la que iban destinadas, ni en el tiempo en el que han sido escritas y también sabemos que quizás estas mismas cartas serán leídas infinidad de veces a lo largo de los años.
Las palabras escritas perduran en el tiempo, las orales como dice el proverbio se las lleva el viento.

Ahora hay un nuevo resurgir de las cartas en forma de
e-mails, con lo cual todavía quedan esperanzas.
Pero que bonito sigue siendo abrir el buzón y encontrarse una carta de alguien querido.
Que bonito sigue siendo.
Que sincero.

Acabaremos añorando todas las cartas que no hemos escrito.
Acabaremos pensando que han sido oportunidades perdidas.


© MARIA AIXA SANZ
Escritora: Novelista y Articulista

'COMPLICIDAD' por María Aixa Sanz



...para el Veterano, el hombre de mi vida:

Cuando pienso en un lugar dónde perderme es en tu cuerpo. Cuando pienso en un espejo dónde mirarme es en tus ojos. Cuando pienso en un refugio dónde abrigarme es en tu voz. Cuando pienso en un abismo por dónde pasearme es en tus labios. Cuando pienso en un paraíso desde dónde no regresar voy de tu mano.

© María Aixa Sanz